Cuando se habla de ansiedad, suele entenderse esta como un estado molesto que sufren determinadas personas y que es necesario curar. Sin embargo, aunque es cierto que en ocasiones la manifestación de la ansiedad genera mucho malestar, se trata de un mecanismo presente en todos los seres humanos y que por lo tanto no es posible desactivar. Por ello, es necesario conocer qué es, cómo funciona, y qué puede hacerse para gestionarla sin que llegue a ocasionar un malestar que acabe limitando a la persona.
La palabra ansiedad proviene de una palabra latina que significa “preocupación por lo desconocido” y una palabra griega que significa “comprimir o estrangular”. La ansiedad es una respuesta de alarma que el organismo activa para tratar de defenderse de algo que considera un peligro o amenaza. Así, ante este peligro, la función de la ansiedad es movilizar al organismo, mantenerlo alerta y dispuesto a intervenir para minimizar las consecuencias negativas. De esta forma, se trata de un sistema de defensa estupendo en tanto que puede salvar a la persona de un peligro inminente. El problema viene cuando en realidad, el sistema se activa creyendo que hay un peligro importante, y no es así, dándose por parte del organismo una respuesta desproporcionada en relación con la situación real que genera sensaciones muy incómodas en la persona.
Lo habitual es que el organismo trate de anticipar situaciones potencialmente peligrosas en las que va a requerir activarse, con el objetivo de que la persona las evite y no se ponga en peligro.
Esta anticipación está compuesta por un lado por un proceso rápido, casi intuitivo y automático, y otro proceso deliberado, basado en inferencias inductivas o deductivas. De manera que la anticipación se puede dar tanto en una situación de riesgo inminente (cuando la persona ve un coche dirigirse rápidamente hacia ella), como en una circunstancia más compleja. El problema viene cuando la anticipación se activa evaluando como posiblemente peligrosa una situación que no lo es, provocando en muchas ocasiones que las personas terminen evitándola sin un motivo aparente, y ocasionándose así limitaciones importantes en la vida de las personas.

¿Puede el miedo generar falsos recuerdos?
Cuando una persona se anticipa mentalmente a la posibilidad de que alguno de sus miedos se presente, se activa en su cerebro el circuito del miedo. Se sabe que los recuerdos de experiencias traumáticas (u otras situaciones emocionalmente fuertes) se retienen más profundamente en la memoria, y unos investigadores de la Universidad de Wisconsin-Madison, establecieron que la anticipación puede jugar un rol fundamental respecto de cuán vívidos permanecen los recuerdos de una situación traumática.
Cuarenta voluntarios sanos participaron de la prueba. Tuvieron que observar una serie de imágenes, algunas de ellas con contenido neutro, otras de alto impacto emocional, que mostraban cuerpos mutilados. Durante esta observación se realizaron resonancias magnéticas que revelaron qué zonas del cerebro se activaron. Media hora más tarde los investigadores solicitaron a los voluntarios que describieran esas imágenes. Aquellos que mejor las recordaban fueron quienes registraron una mayor actividad en el hipocampo y en la amígdala, regiones cerebrales vinculadas a la memoria. Dos semanas más tarde se realizó la misma medición, los resultados se sostuvieron: los que registraron mayor actividad en el hipocampo y la amígdala fueron los que mejor recordaron las imágenes. Esto implica que cuanto más expectante se halle una persona a la posibilidad de un suceso traumático o una experiencia difícil, más fuertes serán los recuerdos que la fijarán en su memoria.
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